QUÉ SUERTE APRENDER CON MIS ALUMNOS

CAPÍTULO II - TDAH

QUÉ SUERTE APRENDER CON MIS ALUMNOS (2)

2002, año en que comienzo a darle sentido a mis estudios y me convierto en maestra de apoyo a la integración en un colegio donde antes nunca había una figura como la mía. En mi título aparece “Educación Especial”, a mi aula la llamaban aula de apoyo a la integración y ahora nos denominan PT (pedagogía terapéutica). Sea cual sea el nombre con el que nos quieran referir, el aula es la misma y, si cambia, es por los profes que trabajan en ella.

 

Desde entonces, los alumnos más numerosos a los que atiendo poseen un diagnóstico de TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) con o sin hiperactividad. ¿Casualidad? ¿Causalidad? ¿Cajón desastre?

No voy a entrar en teorías, opiniones o creencias sobre el trastorno. No trata de eso este post. Este artículo trata de ellos, de los alumnos con TDAH, de aquéllos a los que su cerebro no permite descansar, concentrarse o seguir sus intenciones primigenias.

 

Es muy gratificante comprobar cómo empatizando con el alumno se consigue más de lo que se imagina. Ser profe de un alumno con TDAH hace que cada día pienses en una nueva forma de atrapar su atención, de hacerle sentir cómodo en clase y de hacerle sentir bien consigo mismo.

 

No se sienten bien. Saben que “no les sale” lo que quieren hacer, se frustran cuando “todo les sale mal”, “no pueden parar”… Y hay que ayudarles en esto, hay que educarles y hacer que su camino en la escuela sea más liviano.

Gestionar el tiempo para sus tareas, mostrarles los ejercicios de forma progresiva, asegurarse de que entienden cada concepto explicado, rescatarles de su abstracción constante… son algunas de las medidas que, inevitablemente, se mantienen con estos chicos y FUNCIONAN.

 

Se les suele calificar como maleducados, desobedientes, extremadamente revoltosos y despistados y suelen fracasar en los estudios. No estoy aquí para negar esto, algunos lo serán y otros no, no olvidemos que son niños y cada uno recibe una educación dentro de su entorno.

 

Mas por todo ello, analicemos palabras y expresiones que desgraciadamente, como profe, he vivido y vivo ligadas al TDAH:

 

MALEDUCADOS. No siempre actúan de una forma inadecuada por su trastorno, evidentemente, pero sí que les cuesta más enmendar su comportamiento. Es aquí donde los profes entramos en acción y les ayudamos a conseguirlo. Por cierto, insisto, también hay chicos con TDAH que son educados… (léase con tono distendido, lógico y evidente).

 

DESOBEDIENTES. Además de sumar las palabras anteriores, recordemos que en muchas ocasiones “ni se han enterado de la orden que se les ha dado” o su desobediencia no es más que consecuencia del “lío que tiene en la cabeza”, que no puede ordenar ni controlar sólo. Con esto no los justifico, pero sí hago un llamamiento a la comprensión y, de nuevo, a la lógica.

 

REVOLTOSOS. Si su diagnóstico está ligado a la hiperactividad, es redundante decirlo. A esto, le añades que son niños, y ya tenemos el adjetivo.

 

DISTRAÍDOS. Redundancia otra vez (añadir este calificativo a niños con este trastorno sería redundancia y rozar el ridículo).

 

MEDICACIÓN. Factor importante en el que se mezclan opiniones. Dejemos decidir a los especialistas. Pero, ¡cuidado!, la medicación no es una varita mágica, es una ayuda más para poder atender al alumno de la mejor forma posible y que sus esfuerzos se correspondan con sus resultados. 

 

 

  • EMPATÍA. Inevitable, siempre presente, protagonista indiscutible en la atención a estos chicos.

 

  • PACIENCIA. Crea un tándem con el TDAH. Dicen que la paciencia es una virtud, y en este caso se multiplica. Los resultados tardan en llegar… pero llegan.

 

  • ORDEN. Si seguimos las mismas pautas en todas las clases a las que el alumno acuda, será mucho más fácil para él tener éxito. Necesita orden en clase, en casa, en su día a día, en su cabeza.

Cuando llega al aula un alumno con TDAH, comienza un camino en el que primero necesita ir de la mano, de tu mano, necesita estar acompañado y algo dirigido. Se me ocurre, por ejemplo, una comparación: piensa en los bolos, en una bolera. Al principio, solemos necesitar unas guías en los laterales de la pista para que la bola no caiga constantemente en el vacío. Poco a poco, vamos aprendiendo y llega un momento, en que no la necesitamos o, aunque las necesitemos, las bajamos para probar, porque confiamos en nosotros mismos y queremos superarnos y conseguir que la bola llegue al final sin que se pierda en algún lateral. Bien, pues he aquí nuestro alumno. Esas guías se irán bajando conforme el alumno vaya avanzando y confiando en sus posibilidades. Sólo te necesita a ti, profe.

Conclusión:

 

Soy afortunada por tener en mis manos la posibilidad de aprender junto a ellos.

 

Me encanta ser profe. Yo soy maestra. 👏🏼😍

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